Cuando repentinamente el deseo se desmorona por cuanta moralidad pueda existir en mi pensamiento, cuando la satisfacción queda relevada, y su lugar es inundado por tensos sentimientos que agotan cada vez más la mente, sentimientos que atenazan sensaciones frías, que repatrían viejos sinsabores que habían quedado a un lado. Esa amargura densa que al recorrer cada centímetro de mi anatomía no procura pasar desapercibida, que sin clemencia avanza ferozmente y toma un lugar protagónico en la desvencijada escena sentimental, su densa esencia dificulta la existencia, provocando un mal trago, una desagradable sensación, pisotea no impunemente, la pequeña llama, que ahora, descolorida y débil no hace más que dar rienda suelta a los verdaderos miedos, el cobarde temor a enfrentar los sentimientos encontrados, el cruce de dos corrientes que pocas chances tienen de culminar pacíficamente en un mar ya picado, principalmente por la incomunicación de lo que realmente importa, por la desatención provocada por el miedo a la dureza de la realidad reinante, por el mismo acto cobarde al preferir la indiferencia, el mismo error que sigilosamente me sigue desde hace un tiempo, la debilidad de un fuerte creer, de un herramienta pensada como algo útil, esa frialdad engañosa, permeable no a simple vista, pero frágil al fin. Esa duda que atemoriza constantemente sabiendo tomar importancia en los momentos menos oportunos para dubitar, esa seguridad inequívoca, esa fiereza al afirmar, robándole el lugar a la reflexión, el mundo del revés que me acompaña dentro mio, el reino de lo inconcluso, donde el fin no se percibe, donde la mar de sentimientos, relacionados en infinitos choques, en idas y venidas, no deja espiar lo probable, lo posible, lo esperado, o lo inesperado.
jueves, 4 de febrero de 2010
Amarga corriente
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